| Cuenta la leyenda que en el
norte de Japón, cerca de la ciudad de Morioka, vivió
hace muchos siglos uno de los guerreros más extraordinarios
de todos los tiempos. Se llamaba Daigoro, y era tan sagaz
y experimentado que era capaz de adivinar con segundos de
antelación cualquier movimiento o golpe del adversario,
sus piernas eran tan fuertes y veloces que ganaba a la carrera
a los mejores caballos de la región, sus patadas eran
auténticos relámpagos que apenas se veían.
Daigoro venció en cientos de duelos y nunca nadie logró
derrotarle.
Cuando sus cabellos encanecieron, este gran luchador consideró
que ya había cultivado suficientemente su YO (fuerza
física) y que debía dedicar el resto de su existencia
a cultivar su IN (espíritu), así que decidió
retirarse como ermitaño a las montañas del lugar.
Una mañana primaveral, limpia y radiante, Daigoro dio
un beso de despedida a su esposa, bendijo a sus siete hijos
y desapareció por un camino que serpenteaba hacia la
cumbre de la montaña.
Años después un joven campesino empezó
a ganar todos los torneos regionales; se llamaba takeshi y
había aprendido a pelear observando a los animales
salvajes. Comenzó a visitar a los mejores maestros
del lugar para ponerse bajo su tutela, pero su habilidad era
tal, que pronto se dio cuenta que nadie en la región
podía aportarle realmente nada nuevo... excepto tal
vez el legendario Daigoro. No se sabía con certeza
dónde habitaba este venerable ermitaño, corrían
rumores que afirmaban haberle visto en veinte lugares diferentes.
Takeshi envolvió unos cuantos víveres y enseres
en una manta y se lanzó a la montaña en búsqueda
del maestro ermitaño.
Tras vagar por laderas y valles durante casi un centenar
de días con sus noches, una glacial mañana de
invierno, el harapiento Takeshi llegó a una hondonada
abierta a cuchillo entre barrancos y picachos; allí
distinguió a un anciano meditando desnudo bajo el chorro
de una cascada. Así permaneció durante horas
y cuando por fin se levantó y se vistió, Takeshi
se descolgó por las rocas hasta él y le preguntó
con gran cortesía: "Venerable anciano...¿Sois
el legendario Daigoro?, el anciano asintió e invitó
a Takeshi a comer con él en su refugio; tras ingerir
unos pocos tubérculos y unas cuantas bayas silvestres,
Takeshi le planteó directamente la cuestión:
"quiero conocer todos los secretos de la lucha".
Daigoro le miró fijamente a los ojos y respondió:
"Yo ya no vivo para lo físico sino para el espíritu...
de todas formas estoy dispuesto a revelarte mis secretos,
si antes superas una prueba: debes traerme una piedra de luna",
"¿Dónde debo buscarla?" preguntó
Takeshi con inquietud. "Eso ya es parte de la prueba".
Y dicho esto, el venerable ermitaño se dio la vuelta
y comenzó a encender incienso para meditar.
Takeshi partió hacia el norte y conoció las
inmensas y gélidas estepas; peleó contra bandidos
y contra lobos hambrientos, aprendió a tirar con el
arco y la lucha mongola; pero no halló ninguna piedra
de luna. Siguió hacia el suroeste y atravesó
gigantescos desiertos, su piel ennegreció y se hizo
dura como el cuero, aprendió a manejar el cuchillo
y a luchar montado a caballo, pero tampoco encontró
ninguna piedra de luna entre los habitantes del desierto.
Bajó hasta el sur y convivió con los piratas
del mar Arábigo y después con los Santones Hindús,
descubrió como la mente puede controlar al cuerpo y
cómo curar con hierbas todas las enfermedades; sin
embargo, en ningún lado halló una piedra de
luna. Así que siguió hacia el este y aprendió
a sobrevivir en el infierno verde de la jungla, le enseñaron
cómo luchar en el agua y cómo volar de árbol
en árbol; tampoco habían oído hablar
de ninguna piedra de luna por aquellos lugares. Subió
hacia el noreste, bordeando toda la costa nipona y aprendiendo
decenas de sistemas marciales diferentes, y llegó hasta
China en donde le enseñaron a manejar la espada y a
controlar el Chi.
Takeshi volvió a Japón desesperanzado por su
baldía búsqueda, habían pasado ya más
de diez años desde su partida de su región natal.
Una noche que intentaba conciliar el sueño bajo un
sauce, junto a la ribera de un río, observó
el trazo luminoso de una estrella fugaz, que fue a caer en
un bosque no muy lejano. Se levantó de un brinco y,
con una tremenda excitación, montó su caballo
y se dirigió a galope hacia el lugar donde había
caído el meteorito. Takeshi había estudiado
astrología con un sabio hindú, por lo que sabía
que las estrellas fugaces eran a menudo trozos de luna; se
guió por el pequeño incendio causado por el
impacto del cuerpo celeste. Se internó corriendo en
el bosque y pronto llegó jadeando hasta el claro provocado
por el meteorito, en el centro del mismo se había formado
un cráter en cuyo centro humeante aún brillaba
una pequeña piedra de luna al rojo vivo. Algunos árboles
y troncos todavía ardían a su alrededor, así
que Takeshi se sentó a esperar que muriera el incendio
y se enfriara la piedra. La claridad del alba ya empezaba
a rasgar la bóveda celeste cuando Takeshi por fin se
dirigió en un río cercano para depositarla en
agua fría. Al cabo de unas horas hundió la mano
en el agua y agarró la piedra; era negra como la noche,
del tamaño de un huevo de gallina, pero más
pesada que la cabeza de un hacha y aún estaba algo
caliente.
Takeshi tardó un poco más de un par de semanas
en alcanzar las montañas en las que vivía el
ermitaño Daigoro. Cuando llegó a su humilde
morada, éste estaba sentado en posición de loto,
meditando entre humo de incienso, casi en la misma posición
en la que le dejó diez años atrás, como
si entre las dos escenas hubieran pasado tan solo u nos segundos
en vez de diez inviernos. Pero el aspecto de ambos delataba
claramente el paso del tiempo: Daigoro lucía una interminable
nívea barba blanca y arrugas como tajos surcaban su
rostro; Takeshi estaba un poco más fornido, su piel
era oscura como una sombra y sus pupilas brillaban como brazas.
"Ya has vuelto". Murmuró Daigoro sin abrir
los ojos. "Sí, y he traído la piedra de
luna". "Bien, replicó el anciano, ya te puedes
ir". Takeshi le observó extrañado, pasaron
minutos largos como siglos y comenzó a comprender.
Para disipar sus dudas el venerable Daigoro dijo: "¿No
me preguntas por los secretos marciales que prometí
revelarte? Veo que has entendido: No te puedo enseñar
nada que no sepas ya, que no hayas aprendido en tus viajes.
La piedra de luna ha cumplido su misión".
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